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Ahora, mientras escribo, nieva intensamente. Nos gusta la nieve porque no es muy frecuente en algunos lugares y porque el paisaje o los coches cubiertos por un manto blanco tiene algo de mágico que nos sigue asombrando y enterneciendo. Y, sin embargo, pronto anhelamos la primavera. Nos impacientamos por el frío y la incomodidad del invierno. Queremos días cálidos y luminosos, ver cómo despiertan las plantas y todo se tiñe de colores vivos. Poder desembarazarnos de tanta ropa, disfrutar de un paseo acariciados por el sol. Y, sin embargo, llegará el verano y sentiremos un calor abrasador, hasta el punto de que querremos que llueva y refresque el tiempo, que el otoño matice la luz con sus dorados y la temperatura con la brisa al ponerse el sol.

En definitiva, ¿cuántas veces no hemos pretendido y añorado –por muchas y diversas razones– otra meteorología en vez de la que tenemos?

La religión y la Iglesia, con sus rogativas, o los pieles rojas con sus danzas de la lluvia, son solo un ejemplo más –desde los inicios de la Historia–, de los intentos del Hombre por favorecer esos cambios, normalmente con buenas intenciones. Pero no solo la religión, también la ciencia, aunque con escasos resultados. En China recurren desde hace años al «sembrado de nubes«, «que consiste en el lanzamiento al cielo mediante cohetes o aviones de productos químicos como el yoduro de plata, sal o el hielo seco (dióxido de carbono congelado), unas sustancias catalíticas que al impactar con las nubes provocan una reacción que acelera la liberación de hidrógeno, el cual entra en contacto con el oxígeno y forma agua para que llueva». La NASA ha intentado también algo parecido lanzando cohetes al espacio a velocidades supersónicas, lo que tiene como efecto secundario producir enormes nubes de lluvia al convertir energía térmica en energía cinética, e incluso al parecer Bill Gates, el millonario fundador retirado de Microsoft, ha financiado la investigación de máquinas que buscan cambiar el clima.

Geoingeniería y cambio climático

Ya ha habido quien se ha hecho la misma pregunta que quizá se esté haciendo usted: ¿Está el Hombre jugando a ser Dios queriendo crear su propio clima? De eso se ocupa, al parecer, la geoingeniería o «ingeniería climática» definida como la «manipulación intencional a gran escala del clima planetario para contrarrestar el calentamiento global».

Algunos expertos que trabajan en ese campo ya se han apresurado a señalar que «los proyectos de geoingeniería destinados a influir deliberadamente y a gran escala sobre el clima pueden ayudar a compensar los problemas derivados del cambio climático, pese a los riesgos que plantean desde el punto de vista ético».

En cualquier caso, parece claro que el cambio climático —quizá todavía algo menos la geoingeniería— es un término que se ha instalado ya en el lenguaje común. Pero no sucedía lo mismo en 1986 cuando un autor alemán desconocido, Dieter Eisfeld, escribió El genio, una novela que Miguel Delibes de Castro menciona en La tierra herida (Destino, 2005), el libro que recre la conversación sobre el futuro de la Tierra entre «un estudioso de la Naturaleza» (él mismo, biólogo) y «un ciudadano, como soy yo —decía su padre, el escritor—, ignorante pero preocupado». Una novela que había llamado mucho su atención «cuando el cambio climático tan solo comenzaba a ser un tema de conversación».

El genio anticipaba, hace ya más de treinta años, los graves problemas que podría suponer la manipulación climática. A través de una narración biográfica en la que se describe cronológicamente la vida y el proceso creador de un naturalista excepcional, la novela plantea una reflexión sobre la utilización tanto comercial, como política y militar de los descubrimientos científicos, al tiempo que adelanta los posibles peligros de la interacción humana en el clima, cada vez más evidentes a causa del calentamiento global.

El clima decide tanto sobre la estética de un paisaje como sobre la división de nuestros días, la población de la superficie terrestre y el rendimiento laboral humano. Fomenta o atrofia cualidades, capacidades y actitudes humanas. En una palabra: somos marionetas que pendemos de los hilos del clima. Si queremos mejorar el mundo o, mejor dicho, las condiciones de vida humanas, tenemos que aprender a dominar el clima, pero solo con que al principio sepamos dirigirlo, ya lograremos en primer lugar elevar la Naturaleza a un nivel más alto, y en segundo, ayudarnos a nosotros mismos.

En esta novela sorprendente, a caballo entre lo cómico y lo dramático, el personaje creado por Eisfeld siente, desde su nacimiento, la necesidad de dominar y corregir una Naturaleza que considera defectuosa; de hecho, desde el principio de su existencia acepta como su tarea en la vida el «conquistar nuevos aspectos de la Naturaleza… por la fuerza, en caso necesario». Yan Zabor, nuestro genio, descubre finalmente el secreto de la manipulación del clima e inventa la Máquina M., una máquina meteorológica que le permite manipular el tiempo discrecionalmente. Será más tarde cuando diversos intereses interfieran en sus planes y conviertan su máquina en un instrumento codiciado de influencia y dominación.

¡Cambiare la Naturaleza, tanto si ello me hace famoso como si me sume en el olvido!

El genio es una novela que moverá a la reflexión e interesará, sin duda, a quienes se sienten preocupados por el cambio climático y el futuro de nuestro planeta.

 

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